Que me entierren en Sète como Brassens

asete12Por Ferran Martínez

Cuando viajamos suspiramos para llenar nuestro espíritu. Esa sensación la experimenté en Sète hace unos días. La «Venecia» del Languedoc, como se conoce también esta perla del Mediterráneo, está a cuatro horas de España en coche o más cómodamente en el AVE hasta Montpellier y apenas 20 minutos de propina en tren de cercanías. Una vez instalados y disfrutando de todo lo que nos ofrece la villa marinera y de carácter, como reza su reclamo publicitario, entiendes porqué el inmortal Georges Brassens compuso «Súplica para ser enterrado en la playa de Sète».

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Sète nos ofrece una inolvidable y extensa propuesta turística: Desde sus muelles (no perderse la llegada de las barcazas cargadas de pescado hacia las 5 de la tarde) hasta sus fachadas coloridas que dan cobijo a decenas de restaurantes y terrazas con encanto. Sète hay que descubrirlo de día y de noche, paseando por sus barrios pintorescos. Se contempla una gran vista panorámica de la ciudad ascendiendo a Belvédère, uno de los clásicos fin de etapa del Tour de Francia. Sète nos regala además 12 kms. de playa de arena dorada, donde se pueden  practicar todos los deportes acuáticos o relajarse en la playita de los enamorados.

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Luis XIV, el Rey Sol, eligió el Cabo de Sète para conectar el Canal du Midi con el Mar Mediterráneo. El elegante puerto de Sète (1666) es la referencia marítima del Sur de Francia. Un paseo de 50 minutos en barco nos permitirá disfrutar de todos los encantos de la ciudad atravesada por distintos puentes hasta llegar a la albufera, donde todavía se conservan las humildes casitas de pescadores que lanzan sus cañas para capturar las mejores doradas que han ido a desovar a las tranquilas aguas del Cabo.

La pasión por el mar marca el ritmo de la ciudad. Sus decenas de restaurantes se esmeran por ofrecer sus mejores ostras, mariscos y la famosa empanada de pulpo que también se puede comprar en muchas tiendas (10 euros la pequeña y 19 la familiar). Otra delicia culinaria son los mejillones rellenos de carne que sirven en coquetos restaurantes como Porto Pollo (Quai de la Marine).

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Además de oler a mar,  Sète respira cultura en estado puro. Los Festivales de verano (música, poesía, teatro, fotografía, literatura, pintura…) brindan una temporada que es punto de encuentro de ciudadanos de los cinco continentes. Gentes que han entregado su vida al arte. Los músicos más famosos del planeta han visitado Sète, patria de Georges Brassens, donde el célebre compositor y poeta, uno de los cinco más leidos en la historia de la literatura francesa, tiene su Espace Georges Brassens, santo y seña de la villa. A poco más de 200 metros se ubica el cementerio más humilde de la ciudad donde fue sepultado el cantautor. Un pino protege su tumba, como él pidió.

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El Espacio Georges Brassens se visita en verano de 10 a 18 horas, excepto lunes que está cerrado. En invierno hacen una pausa al mediodía entre 12 y 14 horas.

A la entrada te dan unos auriculares que te acompañan durante una hora por las diez salas interactivas donde se refleja la infancia y juventud de Brassens en Sète, el callejón Florimont con Jeanne y Marcel, el tiempo de los cabarets, la escritura poética y musical, las mujeres haciéndoles miradas a su compañero Püppchen, Brassens el literario y una presentación de su novela «Brassens Homme de scène». Hay una sala de video para ver sus giras y música en vivo, como la que nos ofreció José Capel, uno de los promotores y alma mater de la Asociación Brassens, que cada año y hacia finales de octubre organizan una semana de conciertos (12 horas seguidas y en 12 idiomas) en honor a Georges Brassens que nos ha dejado un legado de más de 300 bellas canciones, cargadas de mensaje «Creo que la canción es un conjunto de palabras y melodías que van bien juntas, que felizmente van de la mano»sete-4En Sète se visita también su colosal Faro, el Palacio Consulario, el Bar de la Plaza del Mercado o el espectáculo que brindan los pescadores cuando llegan las doradas. Sin embargo, el factor humano no pasa desapercibido. Sus habitantes son cariñosos y amables. Los alojamientos son pulcros y conservan aún aquel saborcillo añejo como el Gran Hotel, donde estuvimos hospedados confortablemente para recuperar energías que en Sète siempre son positivas, poéticas y dulces.

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